lunes, 2 de junio de 2014

Marian y la luna

Para Flor de Perlas
Y también para Helena



Marian acababa de comprobar, gracias al reloj rosado suspendido en la pared, que habían pasado dos horas desde que sus padres se habían marchado a la cena del tío Antonio, cena que específicamente contaba con la restricción de no llevar niños. Luis y Andrea, sus padres, se habían encargado de cerrar las llaves de gas, poner candados en todas las puertas y, al final, acostar a Marian con los debidos pórtatebiennohagastravesurasduermeteyanotengasmiedo.

     Pero a Marian, hasta ahora, no dejaban de perturbarle los espontáneos goteos de alguna llave en la cocina, el crujir de la madera de algunos muebles y los lamentos nocturnos de algún somnoliento gato callejero. Cada que alguno de éstos o cualquiera que fuera el ruido aparecían, a Marian no le quedaba más remedio que sepultarse bajo las sábanas y esperar a que el calor fuera insoportable para tener que descubrirse y encontrar de nuevo estos inesperados y tenebrosos ruidos.

     Marian agradecía que al menos las cortinas blancas permitieran el paso de los rayos de la luna, que si bien no era precisamente tan grande como la que suele verse en octubre, no pedía nada en cuanto al halo luminoso que la circundaba y al plateado color que la envolvía.
     Sin embargo, Marian observó que, comparada con el insondable cielo oscuro, negrísimo, la luna sólo significaba una minúscula huella luminosa que –a diferencia de las estrellas que refulgían acompasadas, rítmicas, como si entre ellas mismas hubiera un acuerdo implícito sincronizado– se encontraba totalmente sola. Así que bajo un impulso bravío, Marian consiguió levantarse de la cama, abrió la ventana y trató, con un “psst, psst” apenas audible, llamar la atención de la luna.

     –¿Qué es ese sonido? –preguntó la luna mientras bajaba la mirada, escudriñando la ciudad hasta toparse con una pequeña niña.
     –Psst, luna, ven –continuó Marian, mientras la luna, poco a poco, bajaba hasta iluminar completamente de blanco la calle y la casa de Marian, hasta bañarla completamente de ribetes plateados que no cegaban.
    –Hola, niña, ¿qué pasa? ¿por qué me has llamado? Puff, hace ya muchos años que un humano trató de hablar conmigo.



Foto: Gabriela Rosales Zárate


     Marian explicó a la luna la fiesta en casa de su tío Antonio, las precauciones que sus padres le habían dado y los constantes temores nocturnos que brotaban con el más ínfimo ruido. La luna escuchó atenta, hasta que Marian le preguntó cómo es que hacía para no sentirse sola, para no tener miedo noche tras noche sumergida en ese inconmensurable cielo oscuro.

     –Hace muchísimos años, cuando no existía nada de lo que ahora conoces –respondió la luna–, yo me encontraba igual que tú. Sí, tenía miedo del estallido de cada trueno y de toda la oscuridad que envolvía a la tierra. Encontré a las estrellas, pero éstas jamás me hicieron caso, me ignoraban. Así que cuando era el momento de avanzar hacia la otra cara de la tierra, decidí esconderme en una cueva y no salir jamás. Durante un par de noches la tierra fue engullida por una oscuridad impenetrable hasta que, en uno de sus recorridos habituales, los rayos del sol me encontraron y, sorprendido, éste me preguntó qué era lo que sucedía, por qué no me encontraba suspendida sobre el otro lado de la tierra. Yo le expliqué todo  y el sol respondió que yo jamás había estado sola, que sus rayos me daban la fuerza necesaria para brillar. Dijo que a partir de ese día él y yo, en cada amanecer, en cada anochecer, platicaríamos sobre lo que yo había visto durante la noche y sobre lo que él había visto durante el día. Así dejé de tener miedo, entendí que jamás, bajo ninguna circunstancia, me encontraría sola.

     Marian lo entendió también, despidió a la luna agitando la mano hasta que ésta se elevó completamente de nuevo, y se acostó a dormir.

Desde entonces, cada vez que sus padres tuvieron que dejarla sola de nuevo, Marian recordó que durante cada anochecer y durante cada amanecer, con un poquito de atención, sería capaz de escuchar el permanente y susurrante diálogo entre el sol y la luna.


domingo, 2 de marzo de 2014

Chispa azul

Es toda una rutina la de llegar a casa y progresivamente desvestirse hasta caer vertiginosamente en la danza del tocadiscos. Es así como el blues de un minúsculo, casi invisible cuarto de universitario hace vibrar los que hasta ahora lucían salpicados sobre la pared, los retratos de los viejos. Éstos contonean las cejas, soplan tonadas tristes, bailan los que, cuando jóvenes, eran los blueses que los sorprendían prendidos al brazo de una morena radiante. Así que esta materia azul, la que pasó de los retratos colgados hacia los muebles y finalmente cubrió el foco, además de resucitar a los muertos, y casi multiplicar panes, hace que esas cuatro paredes llenas de calcetas sucias y novelas beats sean algo más que un departamento dentro de un edificio, de una colonia, de una ciudad, de un país, de un universo.




No, son algo más. Las paredes se tornan en una especie de contramundo. Un contramundo objetivamente real. Como el latir de un par de muslos, o como el ojo de un huracán.
Es decir, el blues da, a partir de lo que visto holísticamente sería una anodina mota de polvo, una dimensión real a toda esta supuesta realidad.
Y si aún existen estos chispazos, estos parpadeos muchas veces imperceptibles, significa que la eterna simulación bajo la que nos despeñamos no ha sido inútil.


martes, 1 de octubre de 2013

ANTICUARIO



Guadalupe está sentada sobre una pequeña silla de madera. Me acerco y me siento a su lado, sobre una caja. Ella esboza una ligera sonrisa y comienza a contarme cómo es que una mujer de 70 años puede sobrevivir, sola, vendiendo libros, muñecas, ropa y antigüedades, en un tianguis de la colonia Xilotzingo.


Son las dos de la tarde, el sol está en el cenit. La gente y los automóviles avanzan despacio sobre la banqueta y la calle, respectivamente. Música de distintos géneros se oye desde un puesto de discos pirata y, junto a él, decenas de puestos más ofrecen revistas, ropa, antigüedades, libros, muñecos y zapatos. Todos, usados. Si eres atento, podrás notar al único puesto que no posee una sombrilla que mitigue el sol. Si eres atento, podrás notar a una viejita con una toalla sobre la cabeza. Se llama Guadalupe Flores Reina y lleva 30 años vendiendo en este lugar.

“A veces me acuerdo, y siento que el tiempo pasa muy rápido. Jamás pensé hacer lo mismo todos los días, a todas las horas, en este lugar”, me dice mientras sonríe a los transeúntes que dan una barrida con los ojos a las muñecas sucias, a los libros maltratados de Verne, a la ropa usada. “Pero uno se acostumbra a todo. Uno se acostumbra hasta al sol, joven”, continúa.
Guadalupe nació en la ciudad de Ajalpan, Puebla. Fue la mayor de cinco hermanos, así que desde pequeña, sus padres, Guadalupe Reina Reyes y Marco Antonio Flores Martínez, encomendaron en ella la tarea de cuidar a sus hermanos, a la temprana edad de 6 años: “Yo cuidaba a Lonchito, mi hermano más chico, dándole mamila y cargándolo todo el día. Mis otros hermanos, Luisa, Miguelito y Regina eran tremendos, y yo muchas veces llegué a pegarles. A fin de cuentas era una mamá para ellos, una mamá chiquita”, cuenta Guadalupe y una risa estertórea le sale de la garganta. Se talla las manos arrugadas, con infinitas pecas, y continúa: “Mi mamá casi no estaba en casa, porque la mayoría del tiempo se la pasaba limpiando casas en otras colonias, y mi papá vendía semillas casa por casa. Así que, por cuidar a mis hermanos, tampoco tuve tiempo de ir a la escuela, cosa que de verdad me hubiera gustado hacer.”

Sin embargo, cuando Guadalupe cumplió 14 años, una tía proveniente de la ciudad de Tehuacán los visitó, y prometió ayudarlos económicamente,  tras el fallecimiento de su padre: “Yo en ese tiempo no entendí muy bien por qué mi papá se había muerto; sólo sabía que había bebido demasiado. Después supe de algo llamado <<cirrosis>>. Pobre. Sufrió mucho, y yo jamás lo supe, pero si eso fue lo que quiso para él, pues ni modo.” Pero su tía no sólo los ayudó económicamente, sino que, también, le propuso a su madre llevarse a Guadalupe a Tehuacán, a trabajar: “En aquella época era común que los padres regalaran a sus hijos. Hoy ya no se puede, porque estoy segura que te meterían a la cárcel; pero en ese entonces, sí. A pesar de que yo vi en mi tía Juana a una persona muy buena, me dio muchísimo miedo irme, dejar a mis hermanos, a mi mamá. Pero, también, tuve una inmensa curiosidad por conocer otra ciudad; además, claro, mi tía prometió enseñarme a hacer algo que yo siempre había soñado: aprender a leer y escribir”.

Así que Guadalupe, con todos esos miedos y esas curiosidades, partió hacia la ciudad de Tehuacán, Puebla, con su tía Juana. “Jamás he vuelto a sentir algo como la vez que pasé por el parque de Tehuacán por primera vez. Recuerdo que las campanas de la catedral sonaron, y yo me quedé parada ahí, en medio de todo, y me sentí muy feliz. Era una niña que conocía por primera vez un lugar distinto, a personas distintas”, me dice y en ese preciso instante una niña toma una muñeca pequeña, con los listones del pelo rotos, que Guadalupe vende, y, tras breves instantes, la  niña regresa a la muñeca en su lugar.

Tras su llegada a Tehuacán, Guadalupe comenzó a trabajar como lavaplatos en el Hotel Madrid de Tehuacán, lugar donde su tía era recepcionista. Ahí conoció a la dueña del hotel, Marina Galicia Garza, una española que, tras haber quedado viuda, decidió construir el hotel y quedarse a vivir en esa pequeña ciudad. Marina jamás había tenido hijas, así que apenas cinco minutos de conversación con Guadalupe la maravillaron y a partir de ese momento la cuidó como si fuese su hija: “Yo la veía y me resultaba increíble que jamás se hubiese vuelto a casar; era una mujer bellísima. A pesar de que mi tía siempre había sido cariñosa conmigo, en la señora Marina sentí una verdadera confianza, un lazo muy profundo y vivo. Incluso la señora Marina fue quien terminó por enseñarme a leer y a escribir”, me dice mientras alcanza un libro desgastado; en la pasta no se lee el título, pero se distingue un <<G. Lorca>>. “Cuando aprendí a leer bien, este libro me lo regaló la señora Marina. Era su favorito. No me gusta la idea de venderlo, pero sí me gustaría que alguien más pudiera leerlo algún día”.

Cuando Guadalupe tenía 22 años, su tía Juana murió de un paro al corazón. La noticia cayó intempestiva sobre Guadalupe, y se sintió profundamente triste, porque, a pesar de que Guadalupe quería más a Marina, la tía Juana le dio la oportunidad de conocer a Tehuacán y, con ello, a personas como la propia dueña del hotel: “A mi tía Juana la extraño mucho. La recuerdo detrás del mostrador de la administración, sonriente. Yo siempre la vi sana. Un día la encontraron los huéspedes tirada a mitad del lobby, y fue demasiado tarde. Creo que, a fin de cuentas, extraño más a mi tía Juana que a mi propia madre”.




Guadalupe adoptó las funciones de su tía Juana en la recepción, y un día cualquiera conoció a Ismael López, un mercader proveniente de la ciudad de Reynosa, Tamaulipas, al que ella define como su primer amor, y que se hospedaba en el hotel por vez primera. “Ismael… Siempre estaba bien vestido, hablaba correctamente, y yo le encantaba”, me cuenta entre risas y prosigue, “salimos un par de veces, y, cuando regresamos al hotel, me propuso irme a Tamaulipas con él”, continúa e inmediatamente los ojos se ensombrecen, “pero no acepté porque a la señora Marina no le caía bien Ismael. Decía que probablemente ya estuviera casado, que llegando a Tamaulipas me iba a abandonar. Así que Ismael dejó Tehuacán al día siguiente, y jamás volví a saber nada de él”.

La madre y los hermanos de Guadalupe se comunicaron con ella unos meses después, para comunicarle que Regina, su hermana, se había casado c|on un militar que les había propuesto mudarse a Baja California Sur. Guadalupe no aceptó la invitación que su familia entera le hacía, porque la señora Marina estaba muriendo de cáncer. Dos meses después, fallecería. Tampoco volvió a saber algo de su madre y sus hermanos. “Esa ha sido la época de mi vida más triste que he vivido. Mi familia estaba al otro lado del país y la señora Marina había fallecido. Yo tenía ya 28 años, y la gente decía que yo ya no me iba a casar. Así que lo acepté. Acepté que iba a estar sola para toda la vida”, lo dice con un temple admirable, sordo. Las manos le tiemblan, acomoda un par de zapatos que unos jóvenes acababan de mirar, y continúa: “Hay personas que nacimos para eso. No es que no necesitemos de otra persona, sino que aceptamos que ésta es nuestra naturaleza, nuestro modo de vida. A muchas personas les cuesta aceptarlo. A mí no.”

Tras la muerte de Marina, Guadalupe no abandonó su labor en el hotel. Se hizo costumbre que los huéspedes le dejaran un regalo tras su partida. Así junto muchas muñecas de las niñas que se hospedaban en él, y que, por supuesto, ella mimaba porque creía reproducir las escenas en las que Marina y ella jugaban. De vez en cuando, también, los huéspedes olvidaban ciertas cosas, y Guadalupe decidía conservarlas. Pares de zapatos, libros y otra clase de objetos se acumulaban en su colección.

Lamentablemente, tras 26 años de trabajar en el Hotel Madrid de Tehuacán, un día los sobrinos de la fallecida Marina Galicia llegaron a Tehuacán con una noticia terrible: “Yo no los conocía, pero me mostraron unos papeles que los validaban como dueños del hotel. Habían decidido venderlo a una cadena comercial, así que, en cuanto antes, el Hotel Madrid de Tehuacán sería demolido. “No los culpo porque sé que el hotel no era un negocio rentable para ellos; pero tampoco los recuerdo con mucho agrado, ya que, a fin de cuentas, el hotel fue derrumbado con una parte de mí dentro”, me cuenta e, irremediablemente, las lágrimas comienzan a brotarle. Guadalupe no llora demasiado. Saca de su delantal un pedazo de papel, seca sus lágrimas y se levanta a saludar a otra vendedora del tianguis.

Al ser demolido el Hotel Madrid de Tehuacán, Guadalupe partió con toda la colección de objetos regalados y olvidados que había acumulado, hacia la ciudad de Puebla, lugar donde una frecuente cliente del hotel le había prometido un empleo. Sin embargo, al llegar a Puebla, jamás encontró a la dicha cliente. Con el dinero que había acumulado tras trabajar en el hotel, Guadalupe rentó un cuarto en la colonia Xilotzingo y comenzó a buscar empleo. ”En realidad no sabía un oficio. Sabía lavar trastes, hacer el aseo, leer. Busqué trabajo en supermercados, pero a mi edad era muy difícil que me contrataran. Fue entonces como la dueña del cuarto en el que vivía me dijo del tianguis; ella había visto la colección de cosas que tenía, y me dijo que fácilmente podrían venderse en él”. Así fue como Guadalupe montó, por vez primera, el puesto donde ahora está sentada. No se ha movido un solo ápice desde entonces.

Sin embargo, el tiempo ha pasado. La propietaria del cuarto que Guadalupe rentaba murió, pero los hijos de ésta se encariñaron tanto con Guadalupe que le permitieron quedarse a vivir ahí. Guadalupe no sufrió, entonces,  problemas económicos, debido a que las cosas que vendía aún conservaban un buen estado, pero conforme pasaron los años, los zapatos se desgastaron, las pastas de los libros se arruinaron, las muñecas se llenaron de polvo. “No vendí mucho entonces. No vendo mucho ahora. Si saco para comer, me doy por bien servida. A fin de cuentas yo ya viví mucho. No tardo para reunirme con mi papá y mi mamá, Marina, y hasta quizá mis hermanitos. No lo sé.”, termina mientras empieza a recoger el anticuario urbano que montó horas atrás. Las fuerzas en las piernas se le agotan con la jornada laboral diaria y siempre existe alguien que le ayuda a guardar todo de nuevo en su cuarto.

Son ya las cinco de la tarde y veo a Guadalupe alejarse. Va cargando una muñeca con la mano izquierda, y con la derecha lleva la silla de madera que cargaba. Se han adelantado ya los voluntarios que recogieron por ella todas las cosas que pone en venta, las muñecas que le regalaban niñas de ojos brillantes, los zapatos que, quizá, perdieron mercaderes de Tamaulipas, los libros que le regaló una tutora española. Guadalupe vive con sus recuerdos, recuerdos materializados, recuerdos que le dan sustento en un modelo económico que se ha olvidado de ella.

Recuerdos a los que pronto se unirá.


lunes, 27 de mayo de 2013

Mañanas


   Hambrientos, los rayos matutinos del sol se colaban por las persianas buscando nuestros ojos. Yo me levantaba y sin voltear  caminaba hacia el baño, pero el reflejo del lavabo traicionaba mis sentidos y te veía ahí, tan cansada, tan jodidamente derrumbada, de lado. Tú, al igual que yo, habías sido despertada por aquellos rayos soberbios, pero tan solo dirigías los ojos, la respiración y los labios hacia ese lado de la cama en el que yo no existía. A partir de ese momento, nuestras tardes y noches se convertían en nada, en la lánguida rutina de lo fallido. Ambos sabíamos que la comida estaría repleta de esos ecos que resuenan debajo de la mesa, entre las sillas, sobre los platos, y que nunca nadie se ha atrevido a escuchar; ambos sabíamos que durante la cena y el camino hacia la cama,  la ola de recuerdos dolientes nos arrastraría hacia la cama, hacia la noche.

   Entonces, la mañana era nuestra única esperanza, era ese momento en el cual toda esa vorágine vespertina y nocturna de dolores callados y amarguras vivas podía transfigurarse en la sal de los besos, en la suavidad de los ombligos, en la humedad de nuestros sexos. La mañana era la piedra que rompería cristales consuetudinarios creados por nosotros mismos. La mañana, con fulgores amarillos colándose por las sábanas, nos daba la oportunidad de abrir los ojos, vernos el uno a otro y comernos con esos amores olvidados entre los rincones de la costumbre, entre las telarañas del desconsuelo.

   Sólo así, quizá, los ecos resonantes de la comida se convertirían en los febriles mordiscos de cuello y barbilla; el pasaje hacia el lecho estaría destinado a los violentos besos del desgobierno, a las impúdicas caricias bajo las faldas, a los virulentos rasguños de la espalda. Sólo así, quizá, yo podría despertar sin los constantes reproches de tu espalda gritándome a la cara; podrías voltear con esas sonrisas plenas que brillan acompañadas de fulgores matutinos.

   Por eso, antes de dormir, sin que ninguno se atreviera a decirlo, nos acostábamos con la ilusión de poder despertar como alguna vez lo hicimos: de frente, con los labios sobándonos el cuerpo, con los ojos besándonos la cara.

Nos quedaba la mañana. Sólo eso. 




miércoles, 24 de abril de 2013

No hay respuestas

El café ya está frío. El señor Manuel González lleva jugando con él 45 minutos. Hace una hora que bajó del autobús. Una vez más estira la cabeza hacia la izquierda, desde donde puede ver el puesto de celulares que atiende un señor de aproximadamente 50 años, cinco bancas de espera y, el motivo por el cual ha estirado la cabeza ya incontables veces, el puesto de discos que atiende Moni.

   
     -Usted puede decirme Moni, Mónica se oye muy formal, como si ya fuera una vieja.
     -No, cómo crees, Moni, yo jamás te diría vieja.

  Moni no es como Alma: Moni puede hablar de Muddy Waters, de Serrat, de Patti Smith; Alma no hablaba de otra cosa que no fuera Madonna. Pero Moni no parece ser de las que puedan preparar los chilaquiles con epazote, de las que puedan planchar el cuello como a él le gusta; Alma sí lo hacía, Alma era capaz de mantener el olor del piso siempre fresco. La espalda con pequeñas pecas cafés en los omóplatos se cuela entre los parpados, entre las llegadas a la central de autobuses, entre los cafés fríos, entre la espera.

     -Mire, Don Manuel, el disco lo tengo en mi casa, si me espera quince minutos, pues vamos por él y nos tomamos una copita. 

  Se compara ante la ola de carne que duerme a su lado. La espalda: sin pecas, lisa, joven; los cabellos, negros, no cafés como los de Alma. Se levanta al baño donde las arrugas en la cara, las canas en las patillas y la acechante calva lo miran desdeñosamente viejo. Por eso estar con Alma era distinto, las arrugas no lo miraban como lo miran ahora, las pecas en la espalda combinaban con sus propias pecas. Mónica por fin ha llegado a abrir el local, Manuel pide la cuenta y camina despacio hacia la rampa donde se encuentran todos los negocios y donde se compran los boletos, para poder llegar hacia Moni.
  Mónica, Moni suena muy infantil.
  A Manuel siempre le gustó su casa: limpia, con olores a especias perfumando permanentemente la cocina, con los libros de Alma esperando en cualquier rincón de la casa. Le encantaban los libros de Alma. Pero esta casa no tiene orden, el cuarto está sucio, discos por todos lados, la cocina sin comida, los libros ausentes. Mónica lo ve, a lo lejos, y saluda con una sonrisa. Sí, también la sonrisa de Alma era preciosa cuando él trataba de bailar cierta canción de pop comercial norteamericano que él no conocía, pero Alma veía el esfuerzo y sonreía, sonreía. O como cuando Manuel la sorprendía con un libro nuevo, o leía en voz alta sus poemas favoritos. Ésos son los buenos recuerdos, los malos recuerdos no le llegaron con la sonrisa de Mónica, sino con la espera dentro del olor del café.
  ¿Por qué, Alma? No hay respuestas.
  No es que le haya dolido la infidelidad, le dolieron los motivos que llevaron a Alma a engañarlo.
  ¿Por qué, Alma? No hay respuestas, ni café en la estufa, ni llantos, ni casa limpia, ni olor a especias, ni pop rebotando en cada pared, ni nada.
  Conoció a Moni, a Mónica, dos semanas después de la ruptura con Alma, en uno de sus viajes quincenales para entregar mercancía.
  ¿Por qué, Alma? No hay respuestas.
  Tenía tiempo de sobra y se detuvo en la zona de negocios, buscaba discos y encontró ojos marrones detrás del mostrador.

    - Muy buenas tardes, ¿algún disco en específico? No tenemos “Muddy Waters  at Newport”, pero sí el “Newport Jazz Festival”.

  ¿Por qué, Alma? No hay respuestas.
  A la quinta visita al local, se presentó una oportunidad: Gracias por invitarme a comer, Don Manuel, ya no iba a darme tiempo de ir hasta mi casa.
  ¿Por qué, Alma? No hay respuestas.

    -¿De verdad tiene ese disco, Don Manuel?
    - Sí, me lo compré en el 86, es de mis bienes más preciados.

  ¿Por qué, Alma? No hay respuestas. 
  Apaga la luz del baño para dejar de verse en el espejo, le hace daño. Camina hacia el cuarto, ve la silueta dibujada a través de las sábanas. Se acuesta. Abraza el cuerpo de la joven por su cintura. Veinticinco años son muy pocos comparados con sus cincuenta.
  ¿Por qué, Alma? No hay respuestas.
  No estoy tan viejo, piensa mientras Móni-Mónica se retuerce en las sábanas. Los ojos color marrón se funden con el café y las especias de la cocina.
  ¿Por qué, Alma? No hay respuestas.
Detiene su andar justo a 10 pasos del negocio, la sorpresa de Mónica (Moni no) matiza el momento.
  ¿Por qué, Alma? No hay respuestas.
  Ante la sorpresa de Mónica, Manuel cambia de dirección. Ahora se dirige a la salida. Se miran por última vez; Manuel, Alma, Mónica; especias, discos, bailes; poemas, pecas, arrugas.
  ¿Por qué, Alma? No hay respuestas.
  Adiós, Alma. Adiós, Mónica. ¿Por qué? No hay respuestas.




lunes, 1 de abril de 2013

Silbidos



Es que eres como un grillo, le decía María Luisa antes de guardarle en la mochila negra el café y las galletas María que José Luis comía hasta las 2 de la mañana, justo cuando el hambre y, sobre todo, el frío arreciaban; por eso te gusta cantar tanto, completaba María Luisa antes de plantarle la boca sobre la frente. Entonces, José Luis, que para eso se pintaba solo, bajaba las manos a las caderas y apretaba la cabeza contra unos marialuisenses pechos suaves que cedían y que se dejaban desvestir y besar, que se dejaban lamer y morder. 
Es que eres como un grillo, pareciera seguir escuchando José Luis mientras espera el autobús, siempre retrasado por 2 minutos, de las 9 de la noche que lo llevará, con una duración aproximada de 30 minutos, hacia el pueblo de San Cuetzcalco de las Rosas, conocido por su clima tropical, su kiosko totalmente hecho de talavera y la fábrica de productos químicos dedicados al cuidado del hogar Farsobioquim S.A. de C.V, del cual José Luis, ese mismo que ahora sube al autobús y paga 18 pesos, es velador.

   Es que eres como un grillo, retumba la voz de María Luisa cuando José Luis baja del autobús y atraviesa los 300 metros de terracería, desde la carretera federal hasta Farsobioquim. Es que eres como un grillo, parecieran cantar los propios grillos que quieren disfrazarse de muchas María Luisa nocturnas y grises. Y entonces, José Luis, montado en su papel grillesco impuesto por María Luisa, comienza a silbar y a tararear mientras las nubes disfrazan a la luna de una manta azul marino y los últimos transeúntes saludan a José Luis con un “buenas noches, Don Pepe”. Pero ni los saludos nocturnos provocan que José Luis interrumpa sus silbidos y tan sólo responde agitando la mano vehemente, con ritmo.

   Los perros de Farsobioquim reconocen los silbidos de José Luis antes de que este abra las puertas de la fábrica y se ponen a aullar, contentos, animosos, juguetones, como si acompañaran el canto del grillo de María Luisa, hasta que José Luis levanta las rejas y los palmea, minuciosa, cariñosamente. Cuando se incorpora y siente el cansancio de las rodillas, reflexiona en cuántos años más aguantará el camino de su casa hasta la parada al autobús, del descenso del autobús hasta la fábrica de productos químicos. Pero eso no es lo que lo que realmente distrae el canto de nuestro grillo velador, lo que realmente pesa es el hecho de no poder escuchar las canciones que el conductor del autobús Tomatlán-San Cuetzcalco de las Rosas, Pedro –alguna vez escuchó que alguien lo llamó así–, reproduce gracias al super moderno aparato reproductor con sonido surround, con miles de woofers y trillones de subwoofers, que tiene instalado en el autobús donde se oyen canciones rancheras con voces de Rocío Durcal y Juan Gabriel.

   Es que eres un grillo que canta canciones rancheras, imagina que María Luisa dice después de hacer el amor y dibujar una sonrisa cómplice.
Pero no. No hay ninguna María Luisa al regresar. Así que nuestro grillo silenciado regresa batido de cansancio al haber silbado y cantado toda la noche, cegado por los rayos del mediodía. Se acuesta en la cama que aún huele a María Luisa, y empieza a soñar, a soñar con noches serenas, llenas de perros, de estrellas, de grillos que lo acompañan junto con miles de bocinas surround, junto con una María Luisa encarnada de noche, desvestida al pie de las rejas grises de Farsobioquim. Entonces, junto con los aullidos y los años, las lunas y los autobuses Tomatlán-San Cuetzcalco de las Rosas, las María Luisa enterradas y las Rocío Durcal dirigiendo una canción, José Luis, nuestro grillo, se revuelve en un mar de sábanas con olor a senos marialuisenses y con lagrimosos sabores salados, hasta estar de nuevo sentado en la parada del autobús, frente a los perros y frente a la luna, siempre, siempre, arrullada por los grillos.



martes, 15 de enero de 2013

Radio Morir


El sol sabía lo que venía y procuraba taparse los ojos y esconderse en las montañas antes que verse opacado por la danza circundante y profusa del humo gris que se quedaba impregnada en los torsos, los  cabellos, las nalgas, las pantorrillas, las almas.  
Retumbando sobre las paredes, los años y los gemidos de Alicia se vuelven uno solo, cuando Fernando, el héroe del cuarto, el perro que aúlla y erige durante el atardecer, lame los pezones cuarteados y cafés de la ahora evaporada Alicia. Sí, a la par del atardecer, la yerba y Alicia se evaporan en el humo febril que circula y baila en lo hondo del cuarto; ambas, la yerba y Alicia, livianas, escalan por los rayones de las paredes, mueven las telarañas pendulares atrapadas en los rincones, gatean por el techo y se paran encima del foco sin luz, del vidrio obnubilado, para bajar en medio del cuarto y presentarse en galaxias tridimensionales con colores híbridos pero tristes que aterrizan sobre la espalda de Fernando. 
Fernando mueve las caderas al ritmo de las bocinas que vibran y hacen temblar las patas de la cama, y mientras la música se escapa por las ventanas, la risa de los niños que recién salen de la escuela vespertina se cuela en el cuarto y matiza lo copioso que resulta el cuarto lleno de gemidos, humo y beats.


Radio morir, boleros de arrabal, noches que van a
dar al tiradero y yo en verdad a un párrafo
de amar. Ay, ay, ay, ay...



Cantan las bocinas y ahora Alicia es la que aúlla; cual perra, araña y muerde, lame, olfatea y escarba. Cantan las bocinas y ahora es Fernando el que se evapora; cual yerba, se inhala y exhala, se eleva, se expande y aterriza.
Y ya vino la luna azul , porque el sol y su brillante vanidad huyeron al ver que hay más belleza mirando hacia el suelo que hacia el horizonte. Se piraron. En cambio, a la luna le gustan los amantes viscerales, los beats lóbregos y el humo pesado. Por ello, los amantes no detienen su danza y dejan que la luna se cuele por las ventanas, como niña voyeurista, y se esconda a lado del buró, expectante ante cualquier orgasmo orgulloso que escape de los sexos de esos antiguos amantes, Alicia y Fernando, que se conjugan en una más uno para formar algo que no puede ser contable.




martes, 1 de enero de 2013

2013

Ya vamos a cerrar la terminal, me dijo el guardia. ¿Pues qué hora era? Eran las 11 de la noche, y como era 31 de diciembre, cerrarían temprano. Al parecer me había dormido con los audífonos puestos, y con el cuerpo empequeñecido y entumido por el frío. Me había quedado sentado, como perdido, por dos horas, sentado en la estación de “llegadas”. Así es que tomé mi única maleta y abracé mi cuerpo con todas mis fuerzas para tratar de mitigar el frío. Salí de la terminal y me dirigí a la sección de transportes, donde entraba el transporte público y los taxis. Un taxista me hacía señas tratando de preguntarme si sería su pasajero. No tenía destino, porque aún no lo decidía. A pesar de ello, subí al taxi.


    La calefacción resultó una bendición. ¿A dónde lo llevo, joven? Vaya hacia el Centro, y ahí le digo para dónde. Ya eran la 11:20 de la noche y el taxista manejaba lento. Parecía que ninguno quería llegar a ninguna parte. Ante mí se dibuja y se desdibujaba una ciudad fantasma. Las calles estaban vacías, salvo minúsculas sombras perdidas que buscaba un transporte. Era como un enorme escenario de película, donde las luces brillaban, cálidas y frías, para brindar un espectáculo receptivo sólo para las personas que no tenemos un destino. En la radio sonaba una canción vieja  que yo recordaba y que al parecer era acompañada por el silbido del taxista que recién habían vislumbrado mis oídos. Disculpe, ¿qué canción es la que está sonando?, le pregunté. Joven, fíjese que en realidad no sé, simplemente me resultó conocida, respondió mirándome a través del retrovisor. Noté que sus ojos brillaban, resplandecían, como si perteneciesen al alumbrado público que iluminaba a la ciudad y que la ensombrecía al mismo tiempo. Cerré los ojos y refulgieron ante mí rayos amarillos que iban y venían, se entrelazaban dentro de siluetas que parecían ser muchas cosas, pero que no tenían forma alguna; serpenteaban, corrían, se estrellaban; ahora eran pequeñas bolas doradas con una cola detrás de ellas, explotaban, resurgían más, desaparecían, se multiplicaban; después fueron azules, verdes, violetas, rojas. Dentro de la explosión de esa oscuridad, nacieron los ojos más resplandecientes, obnubilados, tétricos y anómalos del taxista, acompañados por las bolas, los ribetes, los rayos, verdes, dorados…


    ¡Joven!, gritó el taxista tras sacudirme muchas veces, ya llegamos al centro, ¿a dónde quiere que lo lleve? Yo, aún aturdido y con los vellos electrizados, sólo pagué con un billete de 100 pesos y me bajé del taxi. Trastabillé y me dejé caer en el suelo. Todo lucía desenfocado, las sombras ahora eran interminables, me veían, me señalaban, se reían, se asustaban. El frío arreciaba con cada gateo que daba por la plancha del Zócalo y el alumbrado que antes parecía dar un aspecto bohemio a la ciudad, ahora se había multiplicado convirtiéndolo en una interminable decadencia de lastimosa electricidad. Escuchaba que el cielo tronaba, echaba chispas, las sombras miraban a él y aplaudían. Logré llegar a una banca y me acosté en ella. Los gritos de las sombras iban en aumento y me ensordecían, escuchaba una cuenta regresiva: Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno… ¡2013!

    Los rayos, morados, verdes y azules, refulgían dentro de mí, y se entrelazaban con los ribetes y con las bolas rojas, doradas, amarillas. Se repetía lo mismo que había visto en el taxi y quise abrir los ojos para evitar la ominosa sensación que había vivido, mas la sorpresa que me aguardaba era mayor: No tenía los ojos cerrados. Lo que veía ahora, era el mismísimo cielo acompañado por los mismos tronidos que había escuchado cuando me arrastraba. Apreté con mis dedos el asiento de la banca intentando retomar un poco de equilibrio y lo logré. Las sombras ahora tenían rostro, los tronidos y las luces que provenían del cielo no eran más que el resultado de los cohetes. Había llegado al núcleo de la celebración de Año Nuevo. Noté, hasta entonces, que no llevaba conmigo la maleta, lo cual me alarmó a tal grado que el frío se convirtió en sudor. Busqué a mi alrededor y no encontré nada. De pronto, como parte del viento, llegó hacia mí la canción sin nombre que había escuchado en el taxi; el terror fue inaprensible cuando el frío susurró en mi oído el silbido de aquel taxista y su mirada maldita. Volteé, como por instinto, y lo vi, parado justo detrás de la banca en la que me hallaba, sonriéndome, silbando, escudriñándome con la mirada. En sus ojos refulgían, nuevamente, cada uno de los ribetes, rayos y bolas de colores arrebatadores que prevalecían en el cielo y en la penumbra de mis párpados caídos. Traté de correr, pero caí de bruces contra el suelo de la plaza. Traté de levantarme, pero ya no estaba en el Zócalo, me hallaba dentro del taxi y las luces refulgían ahora en el capote del taxi; los ojos renacían en cada explosión de ribetes morados, verdes y rojos; el silbido y los tronidos del cielo que ahora no provenían de él, sino del taxi. Todo el auto era una experiencia abrumadora y profusa de explosiones, luces, música y sombras. Cerré los ojos con todas mis fuerzas. ¡Esto no puede estar pasando!, grité.


    Todos en el autobús voltearon hacia el asiento en el que me hallaba. ¿Qué le sucede a este tipo?, leía en sus rostros. Bajé la mirada y noté que las manos me sudaban copiosamente. El autobús por fin había llegado a la terminal. Suspiré lentamente, viendo cómo cada pasajero volteaba a mirarme al bajar. Me preparaba para bajar y escuché, muy a lo lejos, un silbido que provocó un escalofrío en cada poro de mi cuerpo. El silbido venía en aumento, junto con una canción, explosiones y tronidos. ¿Qué está pasando?, me pregunté horrorizado mientras jalaba mi cabello. Miré por la ventana y ahí estaban los ojos, penetrantes, como faros, del taxista. Quise salir del autobús, pero tropecé. Me desmayé.


    He caído en un túnel permanente de ribetes, explosiones, bolas doradas, entrecruzamientos de rayos morados, azules, rojos y verdes; cada uno acompañado con un silbido cavernoso y unos ojos obnubilados que recorren cada habitación de esta oscuridad. Siempre, siempre, vienen conjugados en una ominosa cuenta regresiva que termina en un “2013”.



miércoles, 19 de diciembre de 2012

Domingo



Llovía copiosamente y las gotas retumbando en el cristal lo despertaron. Abrió los ojos y miró el techo. La febril luz nublada que pasaba a través de la cortina teñía al cuarto de un gris lánguido y melancólico. Se levantó y fue al baño a orinar, se miró en el espejo, se lavó el rostro. El único gris lánguido y melancólico soy yo, se dijo mientras reconocía que su espíritu poeta aún no había muerto. Se puso una chamarra, tomó un paraguas y salió a la calle: Necesitaba un café.

   Afuera lo esperaba un viento recio que dirigía la lluvia hacia su rostro, como rasguños, como escupitajos. Cerca de su departamento había dos cafeterías, la primera estaba a dos calles, café deleznable, meseras odiosas, sillas incómodas; prefirió la cafetería más lejana,  la que quedaba a cuatro calles.

   Al entrar, el olor a café era delicioso, el calor lo acogió y sintió una intempestiva calma que no había sentido desde hace mucho. Caminó hacia la barra, un expreso. Se sentó en la esquina, en una mesa que decía, con letras mayúsculas y cafés, “MIÉRCOLES”. Jamás había notado la cantidad de mesas que había en la cafetería, tampoco había notado que cada una de ellas estaba nombrada con un día de la semana. La Lunes, la Martes y la Jueves estaban desocupadas; en la Viernes, una pareja joven, él 20 y ella 19, calculó, se besaba despacio y despreocupadamente; en la Sábado, un anciano, lleno de arrugas y cabeza blanca, leía el periódico, no alcanzaba a ver qué sección leía, debe ser deportes, pensó; y en la Domingo, estaba ella, con el largo cabello café cayendo por los hombros y por la espalda, con una bufanda negra protegiendo el cuello, con un libro en la mano izquierda y con una taza en la derecha. Bajó la mirada. Puta madre, ¿qué hace ella aquí? Su departamento está del otro lado de la ciudad, ¿qué diablos está haciendo aquí? Al instante sus manos empezaron a sudar, sus pies temblaron sin poder contenerlos. Si me levanto al baño, me verá enseguida, pensó; aunque si me quisiese saludar, lo habría hecho desde que entré, se decía mientras secaba sus manos con una servilleta. No resistió más y volvió a mirarla: La recordaba distinta, ahora tenía una presencia diferente, un brillo en los ojos, quizá, que antes no tenía. A su mente vino la imagen de una Alicia distinta con cada amanecer, siempre amanecía plena, completa, en plenitud. Recordó también que había sido hace dos años, precisamente un domingo, cuando ella lo dejó, es caprichoso el azar, casi cantó mientras una sonrisa sarcástica aparecía en su rostro. Sí, fue un domingo 22, ahora recordó con exactitud, un pinche domingo 22, dos días antes de su cumpleaños, qué poca madre, gruñó.

   Un expreso, dijo la mesera mientras ponía la taza en la mesa. Gracias, respondió sin querer hacerlo y nerviosamente tomó la azucarera. De reojo, notó para su total lamento, que Alicia lo había visto y tomaba su taza de café, su bolsa y su libro para dirigirse hacia él, para dirigirse hacia la Miércoles. ¿Alberto? ¿Eres tú? Hola, Alicia, ¿cómo estás? Bien, muy bien, ¿cómo estás tú?, decía Alicia mientras se acomodaba en la silla, frente a él. Pues estoy, que ya es ganancia, ¿y tú? Escuché que estás escribiendo una novela. Sí, bueno, ya terminé de escribirla, incluso está publicada. ¿De verdad?, dijo Alberto entre dientes mientras pensaba que su exmujer era una reverenda presuntuosa. Sí, a ver cuándo me haces el honor de echarle un ojo, dijo Alicia mientras daba un sorbo a su café, por cierto, ¿es verdad que ya no escribes? Sí, aún escribo, sólo que por ahora no he querido. Hmmm, musitó Alicia, ¿por qué? Pues porque no he querido, Alicia, simplemente porque no he querido, dijo Alberto mientras soltaba una cara de irritación que Alicia conocía muy bien. Te entiendo, Alberto, y respeto tu intimidad, pero ¿sabes?, aún me importas, siempre me has importado; no te dejes caer, Alberto, ya no. Dicho lo anterior, Alicia bebió su café de un solo trago, guardó el libro en su bolsa, acomodó su bufanda y se dirigió a la puerta. Adiós, Alberto, cuídate mucho, y por fin salió, a la intemperie, a la lluvia. Alberto la vio alejándose, bajo la lluvia, empapada. Sonrió en sus adentros y pensó que Alicia siempre había sido así: Libre. Sintió incontenibles deseos de marcharse de la cafetería y refugiarse en su departamento, porque de pronto, una oleada nauseabunda de tristeza y melancolía lo envolvió, aún más, a raíz de la nueva partida de Alicia. Pidió la cuenta y salió.

   Afuera, mientras la torrentosa lluvia lo encogía, siento el fugaz e improbable deseo de ser como Alicia, de ser libre, por lo que guardó el paraguas y caminó despacio y despreocupadamente por las calles. Las luces parecían pinturas al óleo que se diluían al camino de la lluvia, las casas parecían resquebrajarse, las personas no tenían rostro. Al recorrer la primer calle, un choque eléctrico cruzó su cuerpo, las lágrimas empezaron a salir de sus ojos, una sonrisa aparecía en su boca, alzó los brazos, ahí, en plena esquina, enfrente de todos. Corrió de vuelta a casa gritando, con una felicidad rabiosa que hacía años no sentía. Al llegar a la puerta de su departamento, se detuvo, jadeando y aún riendo, pasó las manos por su rostro y a pesar de ello la lluvia y las lágrimas prevalecían en él. Notó que no se sentía así desde que escribía, desde que vivía con Alicia, desde hace años.

   Adentro, empezó a revolver todo buscando los libros, los discos, las fotografías y cualquier cosa que le recordara a Alicia. Las lágrimas y la ropa mojada continuaban enfriando su cuerpo. Encontró los álbumes de fotografías, los casetes, los interminables libros que ambos compartieron. Puso en la grabadora a Serrat y comenzó a escudriñar cada fotografía. Eran muy felices. Ahí estaba la fotografía de su quinta cita, cuando hicieron el amor por vez primera. Ahora todo parecía un sueño, y al final, es decir, ahora, creía que lo había sido. Alicia, descubrió finalmente, había sido la mejor mujer con la que pudo haberse cruzado; ella fue quien, en primer momento, lo animó a escribir, a intentar publicar algo; lo ayudó a superar el insulso trabajo que tenía; y él a su vez había sido siempre el primer crítico de las novelas de Alicia, también había sido su gurú en películas y música. Ambos habían sido maestros del otro. La única diferencia es que él había encontrado a Alicia intacta, de pie, fuerte, incluso en el café la había visto más fuerte aún, como con un halo permanente de invulnerabilidad; y él, había sido todo problemas, siempre. Alicia le había salvado la vida. Serrat sonaba y una antes inexistente atmósfera de paz inundaba el departamento, lo resurgía entre el humo ignominioso por el que había atravesado estos dos años con la ausencia de Alicia. Encontró un libro, su favorito, que había sido un regalo de cumpleaños de ella; al final del mismo, venía una dedicatoria en la que Alicia había escrito el primer te amo que le había dicho, también se leía un no te dejes caer. Notó que ese no te dejes caer prevaleció desde el principio, desde el final y ahora, dos años después. El casete terminó y Alberto estaba fatigado pero libre, al fin. Decidió irse a acostar aún con el libro y con la fotografía de esa quinta cita.

   Al día siguiente, veloz como un gato, se levantó y desayunó como nunca. Al terminar, con un ánimo locuaz, prendió la grabadora y puso su antiguo rocanrol oh sagrado rocanrol, y se sentó frente a la máquina de escribir. Alicia, dedujo, le había salvado la vida por segunda vez. Los recuerdos son poderosos y gratos desde el cristal con el que se miran, pensó, mientras tecleaba muy contento.
Éste es el final de la novela que empezó aquel día.





lunes, 3 de diciembre de 2012

No estoy loco.


Me despedí de ella como siempre: Buenas noches, un beso, mañana nos vemos. Caminé a lo largo de una calle totalmente oscura, desértica. Llegué a la parada del autobús o, en su defecto, de la combi. Qué frío. Alcanzo a ver a lo lejos, muy a lo lejos, dos rayos de luz que vienen aproximándose a una velocidad uniforme. Leo algo que dice "Palmas", es una combi. ¡Suben!

Dentro hace menos frío. Una luz neón rosa ilumina profusamente el interior del vehículo. Hay tres personas que a su vez están sentadas en tres de los cuatro asientos que la combi posee. Me siento en el cuarto. Nadie quiere tener cerca a nadie.

Noto los rostros de mis acompañantes. Pegado a la ventana, en el asiento que está al fondo de la combi, a mi izquierda, se encuentra un señor de edad avanzada, cincuenta y cinco años, calculo; piel morena, cacariza; lleva un reloj dorado y camisa amarilla a cuadros. ¿Acaso no tiene frío?
En el asiento que está frente a mí, es decir, frente a la puerta, hay otro señor. Éste parece tener 35 años. Mirada desoladoramente profunda. Usa una chamarra negra que le llega hasta la nariz y una gorra del mismo color. Sólo logro ver sus ojos, viciados, blancos, muy blancos. Inmediatamente dejo de verlos y volteo hacia el suelo, porque hasta ahora noto que llevo casi cinco minutos mirando, y el a mí, a los ojos.
A mi derecha, el asiento que está más cerca del conductor, hay un joven de aproximadamente la misma edad que yo, veinte años. Tiene los ojos rojos, lleva una sudadera blanca y pareciera tener una prisa loca por querer hacer algo.

Saco un libro de mi mochila, pero la febril luz rosa no es suficiente para alcanzar a distinguir las letras. Aún así finjo que leo, la tensión dentro de la combi es casi palpable. La mirada azotadora del tipo que no deja de escudriñarme, los tics nerviosos de las manos y de los ojos del que está a mi derecha, la solemnidad casi moribunda de un anciano a mi izquierda.
 Todo parece ser tan confuso: la luz, el rostro cubierto por la gorra y por la chamarra, los ojos rojos y los golpeteos de los pies en el piso que parecieran llevar un ritmo pero que no llevan ley alguna con respecto a la rítmica, la pesada respiración de un anciano que sólo espera la muerte. ¡Todo es tan confuso!

Calma. Calma. Calma. Ya habías pasado por esto una vez, ¿recuerdas? La vez que fuiste al Distrito Federal y tuviste que tomar por primera vez el metro, la inconcebible cantidad de gente que subía, la falta de asientos, los cuerpos pegados al tuyo, el aire que creías que te faltaba. Todo tenía una causa.
Cálmate.
Vuelvo a poner los ojos en el libro, me pierdo en las letras rosas. Respiro de una manera estertórea. Poco a poco llega la calma, incluso me da sueño.

Sube a la combi una pareja. Recién noto que el trayecto se ha prolongado demasiado. ¿Dónde estoy?
La mujer, gorda y morena, se sienta a mi lado. Él, con un bigote desarrapado, se sienta a lado de ella. Ambos tienen las manos pintadas de un color azul. Seguro vienen saliendo del trabajo, de la maquila. Infiero que estoy a quince minutos de mi casa, ya que anteriormente he tomado esta combi y he calculado el tiempo que lleva de la maquila a mi casa, que es el punto medio de todo el recorrido. Siento alivio, pero la impenetrable oscuridad externa a la combi exalta mi estado de perturbación anterior.

Cierro los ojos. La luz pareciera formar figuras en mis párpados, humo rosa que cruza la lobreguez de mi mente. Todo ello se ve interrumpido por la indeseable risa de la gorda de a lado. ¡Puta madre, cállate!, pienso.
Miro con antención que, hasta ahora, el tipo que está frente a mí, el de la gorra y la chamarra, se ha quitado la primera y ha bajado el cierre de la segunda. Tiene un corte de cabello tipo militar y una larga cicatriz en el lado izquierdo que, sumados a su mirada de una ominosa calaña, produce una serie de escalofríos en mí. En el bolsillo izquierdo, sobresalta un bulto, podría ser una pistola o un cuchillo.
Los rostros de todos ahora parecen convulsionarse bajo la luz neón. Rostros grotescos, con formas y sombras asquerosamente aterradoras. ¿Yo luzco así? Me tallo el rostro. No, yo no soy como ellos, yo no.

Algo va a pasar aquí. Alguno de ellos va a matarnos a todos. Sí, va a matarnos. ¿Quién será? La risa imprudente ahora de ambos, de la pareja, prevalece. Cállense. Shh. Calma. Piensa. ¿Quién será? ¿Quién será?
El anciano ronca, él no nos matará. En dado caso, sería el primero en morir. Pobre.
¿La pareja? Brutos risueños. Trabajan en una maquiladora. ¿Podrían? No, ambos lucen demasiado torpes.
El tipo de mi izquierda, el de los tics, él podría; además, tiene los ojos rojos, podría estar drogado, podría estar borracho. Sí, él puede matarnos.
De pronto, topo de nuevo con la mirada del tipo que está frente a mí, el del corte militar, y entiendo que no hay otro que pueda asesinarnos. Es él. Nos matará. A mí,  a 5 minutos de mi propia casa me matará. Carajo, no quiero morir. ¡Deja de verme! La respiración estertórea vuelve.
¡Ahora me está sonriendo! ¡El maldito se atreve a sonreírme! Sabe que yo sé que quiere matarnos a todos. El bulto sí es una pistola, o una navaja.
No, no quiero morir, carajo. A mitad de la nada, ya casi llego, ya casi llego. Caigo en un estado letárgico, sólo veo luces neón, caras oscuras, escucho las risas y los ronquidos... ¡Cállense todos!

Bajo de la combi. Al final no pasó nada de lo que yo creía. Carajo, mi madre tiene razón, necesito ir con un sicólogo. Llevo encima una pesadez que me hace dormir inmediatamente después de entrar a mi casa, a mi cuarto y acostarme en mi cama.
Al día siguiente despierto con un apetito feroz. No hay nadie en casa por lo que salgo a buscar algo para desayunar. En la esquina de mi casa noto una multitud demasiado inusual, hay patrullas de policía y automóviles con logotipos de algún periódico local, también hay muchos vecinos escandalizados, que se cubren el rostro y algunos incluso lloran. Me acerco y le pregunto a mi vecina del 500-C, Doña Rosa, ¿qué fue lo que pasó? ¡Es horrible, Mario!, fue lo único que contesta antes de cubrirse los ojos y correr hacia su casa. Un reportero parece haber terminado su trabajo y viene hacia su automóvil, lo alcanzo y pregunto lo mismo, ¿qué fue lo que pasó? Una verdadera tragedia, joven, seis personas fueron brutalmente asesinadas ayer, en esa combi que usted ve; asesinaron a un anciano, a una pareja, a un joven, al chofer y a un guardia de una empresa privada que iba a su trabajo. Los degollaron, les arrancaron los glóbulos oculares, cortaron sus miembros y, al final, el muy maldito que lo hizo, pintó en el techo de la combi, con la sangre de las víctimas: "NO ESTOY LOCO". Al terminar de decirlo, el reportero negó con la cabeza y siguió su camino.
No estoy loco y no necesito ir al sicólogo.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Es el cielo.



No recuerdo un cielo más bello que el de aquel día. No como el de hoy, ¿dónde está? No lo sé, no alcanzo a verlo. Caminábamos encima de la Avenida Central, encima del cielo. Éramos cientos de miles, ecos interminables e ineludibles a la indiferencia de una ciudad apenas onírica que pugnaba ante el régimen conservador, duro, interminable. Pero ahí estábamos, bajo el cielo lleno de matices que parecía ser dividido en dos por la misma Avenida Central; por un lado, el izquierdo en base a la Avenida, el cielo estaba poblado de nubes  que eran de un tono verde borrascoso, con tintes grises y azulados que formaban una especie de bruma que, aunque parezca increíble, nos reconfortaba a todos; por el otro lado, el derecho, el cielo lucía totalmente despejado, conformado por colores rojizos y anaranjados, fundido con nosotros, con la lucha, con todo. El cielo luce minúsculo desde donde estoy, siempre gris, siempre ausente; entra a través de las rendijas una febril luz mortuoria y grisácea que acompaña el estado lánguido de esta vida, de este país, de esta realidad.

   Las porras, las ratas escudriñando cada rincón de la celda, la nauseabunda comida, los mueran al presidente, las cortas visitas sabatinas, las venas punzando en la garganta, las rocosas y frías paredes, la Plaza Central totalmente repleta, los niños con caras confundidas y padres gritando enfurecidos, el persistente anacronismo del gobierno, del sistema…

… Ahora todo es uno solo.

   No quiero recordarlo. Simplemente no debo. Son espasmos dolorosos a la memoria, a la razón, a la libertad. ¿De veras podíamos cambiar todo un sistema que, a pesar de tener miles de intersticios que lucían débiles ante nuestro Movimiento, gozaba de miles de aparatos ideológicos que si no rellenaban por lo menos cubrían dichos intersticios? Ideológicamente sí habríamos podido, quiero pensar. Pero, ¿qué idea vence a los rifles apuntándote apenas a 5 centímetros de distancia? ¿Qué espíritu revolucionario detiene las balas dirigidas hacia niños de 10 años, de mujeres aún con los mandiles puestos, de  los obreros y sus cascos amarillos?

   Y el cielo… no estaba, perdió el brumoso verde azulado, el rojizo bravío; la represión se lo llevó.

   Ahorita les vamos a dar su revolución, culeros.  No, ustedes no nos van a dar nuestra revolución. ¿Dónde está nuestra revolución? No está a lado de alguna Avenida Central, no está impregnado en los muros porosos de una prisión gris, no está en los decibeles de los gritos de una multitud rabiosa, no está en los vestigios sanguinolentos de una represión hegemónica. ¿Dónde está nuestra revolución? Tampoco está dentro de mí, porque cuando el Estado me encerró aquí, sabía perfectamente que estos muros aprisionan más al espíritu, que al cuerpo; que duele más la ausencia y el recuerdo, que el frío en las rodillas golpeadas en cada inspección semanal. Y a otros, que fueron de algún modo más afortunados pero igualmente encarcelados que yo, simplemente les pusieron un traje y les dieron un horario de salida y llegada.

   Han pasado ya 30 años desde entonces, y sigo recordando el cielo multicolor que algún día fue el culpable de los sueños de toda una generación. De todos mis sueños.


miércoles, 17 de octubre de 2012

Conversación de medianoche.




Hola, oscuridad, amiga mía, aquí estoy de nuevo para
 platicar contigo— alcancé a pensar antes de caer dormido.“
ARMABLANCA, de José Agustín.



-¿Qué nos pasó, Luis? ¿Dime qué nos pasó?

-No lo sé. Y tú sabes que no lo sé. Fue algo ajeno a mí, a nosotros.

-Sí, la verdad es que yo sé que no es tu culpa, sólo quería escuchar la pregunta en voz alta, quizá así lograría responderla.

-Quizá no deberíamos preguntarnos nada. Quizá sólo deberíamos recordar nuestros mejores momentos, recrearlos en todas las noches frías que nos resten. Porque qué mejor calor que el de los recuerdos, el de las memorias.

-Sí. Fuimos muy felices, ¿no?

-Mucho.

-¿Recuerdas cuando vivías en aquel viejísimo edificio cerca del centro? ¿Recuerdas cómo subíamos a la azotea y mirábamos toda la ciudad desde ella? Tú, bebiendo café, escribiendo, siempre escribiendo; yo, fumando, tomando fotografías, escuchando música. Siempre recorríamos la azotea, cada quién por su lado; pero había un momento, mi preferido, en el que ambos convergíamos en el mismo punto, nos mirábamos por horas, por muchas horas. Incluso pensábamos lo mismo. A veces subíamos con alcohol y cobertores en plena madrugada, cuando todos dormían, y bebíamos, reíamos, incluso dormíamos en la azotea.

-Te encantaba esa azotea. Tú jamás lo supiste, pero yo nunca recorrí la azotea solo, siempre iba detrás de ti. Mirabas y mirabas la ciudad, y yo miraba y miraba tu rostro. Pensabas, y yo veía tus pensamientos. Éso me encantaba de ti: la forma en la que pensabas, la forma en la que sentías. Eras tan libre. Tu mente se transportaba a inimaginables realidades llenas de avasallantes sentimientos de alegría, que, al final, dejaban una leve pizca de melancolía que parecía de otro mundo. Y lo era.

-A mí también me gustaba. Pero ya no es así. Ya no pienso de la misma forma, ya no siento de la misma forma. Y ahora sé que ya no puedes ver a través de mí, ya no puedes sentir a través de mí.

-No, ya no. Hoy todo me parece  muy lejano.

-Menos los recuerdos.

-No, los recuerdos viven cerca, debajo de la almohada, sobre el buró, a lado de la ventana.

-Entonces ya respondimos la pregunta del principio. Dejamos de ser los mismos, al mismo tiempo, sin darnos cuenta.

-Sí, aunque la verdadera cuestión radica en el por qué cambiamos.

-Lo sé. Y no creo que exista una respuesta absoluta. Para empezar, cambiamos de hábitos. Dejaste de acompañarme a ver películas, dejaste de acompañarme a las marchas, dejaste de acompañarme a caminar por toda la ciudad; yo dejé de leer contigo, dejamos de platicar cada noche y cada día, dejé de comprar los discos que tanto te gustaban. Fue algo mutuo, ¿lo ves? Quizá fue el tiempo. El tiempo transcurre y lo único que podemos hacer es dejarnos llevar por la corriente, no podemos detenernos.  Y sólo podemos echar un vistazo atrás en noches como ésta, cuando ya se está muy lejos, cuando ya se está muy viejo, cuando ya se está muy aburrido, cuando ya se está muy cansado.

-¿De veras crees que ya es muy tarde?

-Sí, de otra forma no tendríamos tiempo para detenernos y pensar en ello.

-Quizá deberíamos dormirnos ya. Lo único que conseguimos con los recuerdos, es detestar el presente.

-¿Y el frío? ¿No dijiste que los recuerdos mitigan al frío?

-Mentí, lo único que quería era que me quedara un melancólico pero buen sabor de boca antes de dormir. Así sueño mejor.




miércoles, 10 de octubre de 2012

Un día común.



Por fin saliste del trabajo. Terminas  con la garganta llena de asco por la nada envidiable tarea que tu obeso y calvo jefe te asigna, sin variación alguna, cada día de la semana. Escribir, ordenar, engrapar, archivar. Escribir, ordenar, engrapar, archivar. Escribir, ordenar, engrapar, archivar…

Escribir…

Ordenar…

Engrapar…

Archivar…
    
   Pero hoy es viernes, y el aroma de la imprevisible noche te consuela un poco del olvidado estado en el que sobrellevas la semana. El frío cala tu cuerpo y tus pensamientos. Subes al auto, prendes la calefacción y la radio. Manejas en un estado letárgico. Cada semáforo te trae visiones borrosas de rostros que te observan. Justo como tú lo haces con ellos. Atraviesas avenidas, bulevares, calles. Volteas la vista hacia los bares que te parecen tan lejanos, tan profusamente ajenos, con sus deprimentes y gastadas luces de neón. Mueres de sueño y tratas de prender la radio que ya estaba prendida; notas, al fin, una canción que te recuerda tu juventud. ¿Será Peace and Love Army? Suena excelente. ¿Qué canción será? Sí, estás seguro que son ellos…

    Y antes de que la locutora diga el nombre de la canción, notas que ya estás en la cochera de tu casa. Apagas el motor, la calefacción y, finalmente, la radio. No pudiste esperar el nombre de la canción. Abres tu puerta con la misma desatención con la que introduces la llave los lunes, martes, miércoles, jueves, sábado, domingo. Siempre.

    El blues del tocadiscos inunda la casa de una exquisita melancolía que parece palpable. Te quitas los zapatos. Abres el refrigerador, una cerveza. Te sientas en tu sillón preferido, esperas que termine la tercera canción del disco. Rozas el cañón con tu brazo, con tu cuello, con tu cabello, con la boca de la cerveza. Finalmente llegamos a la sien. Bang, imitas el sonido. Bang, imaginas la sangre sobre el piso. Bang, ¿a los cuántos días crees que te encuentren? Bang. Bang. Bang. Bang. Nada, hoy tampoco lo hiciste. Lágrimas de nuevo, sobre la misma ropa, sobre el mismo sofá, con la misma cerveza, con el mismo blues.

   Arrastras los pies hacia la habitación, desnudas tu cuerpo, prendes la televisión porque te da miedo dormir con la oscuridad respirándote sobre el oído. Te acuestas, aún con restos lagrimosos sobre la cara, con la boca hacia la almohada. Respiras dificultosamente.

 Lo mejor de tu día fue una canción de la cual jamás supiste el nombre. 

miércoles, 3 de octubre de 2012

Cuatro paredes.



  No se ha inventado mejor refugio y escondite del avasallante mundo capitalista que el de Su Cama. Esa misma cama con hoyos en las sábanas representa para ellos lo más sagrado dentro del cuarto de 10 metros cuadrados que alquilan, dentro de la vecindad llena de señoras mayores de 60 años que regañan a sus escurridizos y melindrosos nietos a la hora de la comida, dentro de la colonia llena de bardas graffiteadas y misceláneas en cada esquina, dentro de la ciudad con su inagotable ruido, sus asaltos diarios y sus fajes callejeros acompañados de lluvia y smog.
      
     Las moscas revolotean, contentas, sobre un envase de leche que está próxima a ser un queso, cosa que, en realidad, es irrelevante para Ellos, porque ahora están en La Cama. Él, justo en este preciso instante, pasa el dedo índice por los bordes del ombligo de Ella. La desgastada radio que reposa en el suelo trata de hablarles sobre lo buena que ha sido la última administración del presidente en turno y sobre el prominente pero lejano futuro que alguna vez inundará a México.    Pero ni Ella ni Él la escuchan; Ella se vuelve sorda cuando Él transforma su boca en un huracán de humedades que inunda su cuello y su sexo, y olvida totalmente el picor del thinner que Él carga después de haber pasado medio día formando inverosímiles e ignoradas imágenes de fuego expulsadas a través de su boca. Y a Él deja de importarle el recorrido de la asperidad, resultado de lavar ropa ajena, que recorre su espalda en direcciones espontáneas y placenteras.
       
     Ni el sonido del rugir de las tripas evita que Él continúe leyéndole a Ella unos cuentos rugosos que su abuelo regálole cuando era apenas un escuincle de 8 años. Porque, en realidad, el hambre sacia cuando está acostado junto a Ella.
       
     A Ella, llena de besos sabor thinner en todo el cuerpo, le es imposible, en este momento, inmutarse ante trivialidades como el segundo hoyo que acaba de aparecer en la suela de su tenis izquierdo, como el vestido que ya ha cambiado de rojo a rosa, como la película que recién se estrena en el cine y que probablemente no verá. No, a ella lo único que le inmuta es que Él deje de susurrarle a jadeos lo bonita que está, que Él deje de besarle el cuello mientras hace remolinos los vellos del pubis, que Él deje de oler su cuello, su cabello, sus orejas.
      
     Y mientras el aullido de los perros huérfanos de dueño se cuela entre su única ventana, Ellos siguen embelesos  por el incomparable placer  estético de tenerse cerca. Quizá sean pobres de materia e incluso de visión, pero jamás serán pobres de espíritu. Jamás serán pobres de besos.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Julián y El Cuento del Diablo



“And I said: hello Satan.
I believe it's time to go”
Robert Johnson



  Julián, abrumado por la insulsa bola de torpezas que acababa de escribir, se deja caer en el sofá de la sala. ¡Puta madre!, gruñe mientras rompe cada una de las 24 hojas que narraban la historia de Juanito, un niño de 12 años que descubre la sexualidad a través de su tía de 30 años. ¿Qué mierda estoy escribiendo? Lucía sale de su inexistente sueño para preguntar qué pasa. 
-Nada, Lucía, vuelve a dormir, voy por unos cigarros. 
-¿Vas a abandonarme? 
-Lucía, el abandonar a alguien con la típica excusa de ir por los cigarros es un cliché muy barato, si quisiera clichés baratos, seguiría escribiendo. 
-No tardes, tengo frío.

   Hacía un frío terrible. Julián, ahora dentro de la casa, arrastra los pies, guiado por unos ojos obnubilados. No tiene conciencia. Arcos reflejos lo dirigen hacia el viejo tocadiscos del rincón: Robert Johnson y su mítico Blues aparecen. Se sienta a escribir y las incesantes letras empiezan a delinearse en las hojas, las palabras guiando oraciones malditas, párrafos conteniendo una ominosa historia expulsada a través de los increíbles y virtuosos dedos que teclean, y teclean, y teclean, y teclean, a toda velocidad, hechizados.  El viaje de la mesa a la cama es interrumpido por una nueva pregunta de Lucía. 
-Nada, mi amor, no me pasa nada –responde Julián con una sonrisa abyecta que Lucía no ve, pero siente. Lucía prefiere cerrar los ojos, mientras los hechizados dedos manipulan su cuerpo.

   -¡M A R A V I L L O S O! –exclama el editor al leer por tercera vez “La novela del Diablo”.  Julián, ¿cómo diantres se te ocurrió esta novela? Ayer me dijiste que no tenías nada, y hoy te presentas con una novela de 300 cuartillas que podría revolucionar totalmente la literatura contemporánea. 
   -Yo no la escribí, la escribió el Diablo. 
   -Ja ja ja, créeme que aunque fueras un ser con patas de cabra y cuernos de chivo, tu novela sería La Novela Del Siglo.

   Y así, de una manera automática y oligárquica, El Premio de Tal Universidad, El Premio de Tal Ciudad, El Premio de Tal Escritor Muerto y El Premio Nobel cayeron solos.
   Al principio, a Julián se le veía lleno de vida, contento, satisfecho; no entendía por qué lo premiaban a él, en cada entrevista repetía que el único y verdadero autor del cuento había sido el mismísimo Diablo. Incluso, ¡el mismo Vaticano! perdonó semejante herejía, ya que el Sumo Pontífice Nada Asustadizo Todo Alivianado Papa Juan II había recomendado el libro a cada creyente en el mundo, ya que el cuento, aunque fuera titulado con el nombre de su archirrival, y también aliado, Lucifer, Baphomet, El Patas, había sido del máximo agrado del Papa. Pero después, Julián fue cayendo en un estado de languidez permanente, ya no se le veía en ningún espacio público, ya no se le veía dando conferencias acerca del cuento complacientemente brindado por el Maligno.

   Perdió cada una de sus fuerzas sin que nadie lo supiera, a excepción de Lucía, su aún entonces esposa. Se rumoraba acerca del paradero del gran escritor, pero nada se sabía en concreto. Ni siquiera sabían el domicilio de aquel autor, de dónde salió, cómo escribió dicha novela, cuál fue su inspiración y demás morbosidades necesarias en el mundo de la literatura.

   Una noche, muy parecida a la noche en la cual “La novela del Diablo” había nacido, Julián levantó su ser del estado perturbado y totalmente decaído en el que vivía, para caminar hacia la esquina en la cual se ubicaba el tocadiscos. Las notas del “Me And The Devil Blues” y la macabra risa de Julián recorrieron la casa, caminaron a través del baño, la recámara y la cocina de toda la casa, se arrastraron a través de las sábanas de Lucía para poder despertarla totalmente horrorizada. La indecente risa de Julián se vio interrumpida por el golpe de la puerta. La música continuó. Toc, toc. 
   -¿Por qué ya no estás tan contento, Julián? –preguntó Lucía mediante una voz gutural que en realidad no provenía de la habitación, sino de cada rincón de la casa.

   De una manera catatónica y turba, Julián se dejó caer en la esquina;  el tocadiscos cayó también, sin embargo,  la música no paró, o al menos Julián la seguía oyendo. Lucía, de una forma inimaginable y anómala, se levantó del letargo horrorizado en el que estaba y avanzó hacia la puerta. 
   Un paso: Julián gime. Dos pasos: Julián grita unos cuantos no-no-no. Tres pasos: Julián llora. Cuatro pasos: Julián limpia sus ojos. Cinco pasos, la puerta es abierta por Lucía: Julián está de pie, resignado.
   -He cumplido mi promesa. Vámonos.

   Lucía despierta. Lo último que recuerda es la difuminada silueta de un desconocido caminando al lado de su esposo. Se sienta en el sillón donde generalmente Julián escuchaba el tocadiscos. Sonríe: Las regalías son suyas.

Los estantes repletos de la inconcebible y ominosamente tentativa novela del Diablo fueron postal permanente de semanas, meses, estaciones y años.  No había persona en todo el continente que no hubiera, por lo menos, hojeado la gran novela, y así, escuchado los últimos pasos de Julián hacia un umbral totalmente inverosímil y desconocido. 

martes, 4 de septiembre de 2012

Te voy a extrañar



   Llovizna lo suficiente como para hacerme dudar si debo ir o no. Tengo demasiadas ganas de ver a Abril como para dudar demasiado tiempo. Tomo el paraguas negro y salgo a la calle.
   Afuera siento más frío. La lluvia es ligera, pero empapa como si no lo fuera. Camino dos calles y tomo un taxi. Respectivos diálogos banales, son 50 pesos, muchas gracias. La lluvia se torna brusca y me obliga a correr hacia el bar. Entro.

   Una bruma transparente de tabaco y sudor me rodea cálidamente. El frío y la humedad se fueron. Camino dentro de “La Mirada en el Centro”. Lugar regular, oscuro, luce pequeño. Demasiados cuerpos sudorosos en la pista. Al fondo veo a Luis, a Carlos, a Susana, a Pedro, también está Laura,  Alfredo y, la única que en realidad me importa que esté, Abril. Me acerco y recibo los saludos, abrazos, besos y creímos-que-ya-no-ibas-a-venir necesarios. Me dan tragos de algo que me sabe a todo y a nada. ¿Qué será? Me siento lejos de Abril. No volteo a verla mucho, pero cuando lo hago, ella me mira también. Qué patética forma de tratar de fingir que no dependo de ella. Vamos a bailar, dicen todos. Me quedo, no tengo ganas. Sigo bebiendo, ¿cuántas copas de nada y todo llevo? Seguramente ninguna y muchas. Bah, dame una más. Otra. Nausabúndeos olores acompañados de ganas de orinar me obligan a levantarme al baño. Me encuentro con Luis, Carlos y Pedro (¿no estaban bailando con los demás?) Pinche Alex, ven, ponte chido con nosotros. Ponte macizo, amachínate, llégale, éntrale, órale, toma...


   ...Zigzagzigzagzigzagzigzagzigzag y llego a mi asiento otra vez. ¿Dónde están todos? Sí, en la pista. Incluída Abril. Voy a bailar. Dije que voy a bailar. Piernas, voy a bailar. Piernas obedecen. Vamos a bailar. Camino entre cuerpos sin rostro, entre sudor impregnado por el beat de alguna canción que no reconozco. El aroma asfixia, la luz no pasa. A jadeos alcanzo a llegar con mis conocidos. Ya sólo quedan Laubria, Alpedo, Surana y Abrilnotieneapodo. Chupiluis, Cacarlos y Pedroputo ya se fueron. Qué me pasó, preguntan. Nada, qué me va a pasar. Bailo, o al menos creo que bailo. ¿Con quién estoy bailando? ¿Estoy bailando? Cierra los ojos, siente el pulso de cada uno de los vellos del cuerpo, sí, pulsan, bum bum bum bum bum bum bum. No sé cuántos bum fueron, solo quedamos Abril y Yo. Al fin. Me mira, yo la miro, se mira, me miro. Baila, sus manos en mi espalda. Yo no la abrazo, meto mi mano en el bolsillo derecho. Matanga, dijo el Alex. El Pedroputo me dejó otra pastilla. Cómeme, trágame. Te como, te trago.


   Baaaaaaaaaaaaaaam. Abro los ojos. ¿Qué pasó? No recuerdo. Abril me ve. Luce horrorizada. Sus ojos totalmente petrificados y perturbados. Se jala el cabello a tirones. ¿Qué hice? Grita y llora. La música no me deja escucharla. Con un poco de imaginación leo los te odio, te odio, Alejandro, eres lo peor que me pudo haber pasado en la vida, jamás debí acostarme contigo, abortaré a la bebé y el no quiero verte nunca más que emana su boca. Se va, se va, se va, se fue. Home run. Clic.


   ¡Maldita sea, apagaron las luces! ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¡Ay! Caigo al suelo. Toco lo que parece ser un cuerpo, está inerte. ¿Vive? Trato de apoyarme con una mano para levantarme. Sorpresa, otro cuerpo. Gateo a través del piso, choco con las manos, los brazos, la suciedad, los cabellos, el olor a tabaco, senos, sexo, jadeos, pastillas en el baño, oscuridad, piernas, respiraciones leves, bebés que no nacerán, pies, Abriles, quejas, jalones de pelo, copas de nada y algo, canciones, llovizna, hombros, paraguas y una duda que me hace pensar si debería ir o no. Si debería comprometerme o no. Si quiero a Abril o no. Si quiero una bebé o no. Si trabajo o no. Si estudio o no. Si vivo o no.
Tenía un nombre para la bebé: Flor. Te voy a extrañar, Flor.